Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes, acaso con demasiada extensión.

Todos me escucharon atentamente y empezaron a formar conjeturas. El profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonreía con malicia.

—Veamos—les dije;—¿quién de estos señores, que todo lo saben, nos dará la clave de este enigma? ¿Quién nos podrá contar la historia de ese palco misterioso?

Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasándose una mano por la frente como procurando recordar la anécdota, hubiera concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio tiempo para ello.

—¿Que quién le contará a usted esa historia?—exclamó con aire de triunfo;—yo, que la conozco, sin omitir detalle.

—¿Usted, señor Baraton?

—Yo mismo.

—Hable usted, hable.

Y todas las cabezas fijáronse en el narrador.

—Pues bien—repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de rapé.—¿Quién de ustedes ha conocido...?