En aquel instante se dejaron oír los primeros acordes de la orquesta.
Y el señor Baraton, que no quería perder una sola nota de la sinfonía, se detuvo repentinamente, diciendo:
—Comenzaré en el próximo entreacto.
II
Apenas terminó el primer acto de Los Hugonotes, el notario empezó diciendo:
—Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda referirles la historia que desean conocer.
Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta forma:
—¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit?
Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron responder.
—La pequeña Judit—agregó el notario,—una jovencita que hace siete u ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.