—Aguarde usted...—dijo el profesor de Derecho con un tono algo pedante.—¿Una rubita que en La Muda hacía el papel de uno de los pajes del virrey?

—No, era morena—repuso el notario;—en cuanto al empleo que la atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la inmensa erudición de usted.

El profesor de Derecho hizo una cortesía.

—Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora. Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón, del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además, tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele decirse, la faz de los imperios.

Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera difícilmente descifraba los sobres de las cartas y equivocaba constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos.

Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de Richelieu.

Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo el profesor.

Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y aprendía los bailables.

Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera suerte.

Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante; realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.