—O con un notario—rectificó el profesor.
—Es cierto—repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;—se han dado casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo de una manera progresiva, y paso a paso.
—¿Y Judit?—pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto.
—De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección... Judit oía entonces cosas singulares. Una de las ninfas o de las sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja:
—Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me mira!
—¿Quién?
—Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.
—¿Y qué significa eso?
—Que está enamorado de mí.
—¡Enamorado!—exclamaba Judit.