—Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo?
—¡Dios mío! yo no.
—¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún pretendiente.
—¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello.
—¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!...
—Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.
—¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo encontrará nunca.
Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la Vestal. Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante, sentíase humillada, inconscientemente, por el concepto en que la tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas, humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha:
—Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía, cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu educación y los cuidados que ha tenido para ti.
Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit, conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una distinción tan elevada.