¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.
—Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he recibido la carta de usted.
Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.
—¿Qué desea usted de mí?—acabó diciendo el Conde.
—Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido leerle...
—Perfectamente, hija mía—contestó el Conde con una ligera sonrisa.
—¡Ah!—exclamó Judit, desesperada;—esa desgraciada carta le prueba que soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus consejos y su apoyo?
—¿Qué quiere usted decir?
—Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.
—¿También de noche?