—Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.
—¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?
—¿Por qué?—dijo Judit ruborizándose;—porque hay una idea que me atormenta constantemente.
—¿Qué idea es esa?
—La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera indigna de usted... Y tiene razón—prosiguió vivamente;—yo me veo tal como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.
El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:
—La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.
Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.
Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma. Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y sus compañeras decían:
—Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su carrera... hace muy mal.