Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:

—Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.

¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven, cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:

—La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio, había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.

El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse, apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:

—¿Cuándo volveré a verle?

—Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.

Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit, apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual quería decir: Iré a la calle de Provenza.

Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo al placer de verle.

A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía Arturo: