—¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?

Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:

—Los de usted.

Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:

—¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera? ¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?

Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.

De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.

—Señorita—le dijo con viveza,—tenga usted la bondad de vestirse; vengo a buscarla para ir a las Tullerías.

—¿Es posible?

—Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.