—¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?—exclamó Judit sorprendida, porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el brazo en público.
—Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea—repuso Arturo paseándose agitado.—Vamos, señora Bonnivet—dijo bruscamente a la tía, que entraba en aquel momento en el gabinete;—ayude usted a vestir a su sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.
—Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.
—Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.
—Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa—dijo la señora Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.
Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.
—¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor Conde?
Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el corsé.
La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a las miradas de Arturo.
Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.