—¡Ah, qué desgracia!—exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente, el desorden de su traje.

—¡Del Japón!—dijo la tía con acento desesperado.—¡Y que valía lo menos quinientos francos.

—No tanto—repuso la joven,—pero era realmente japonés.

—Vamos, ¿está usted dispuesta?—dijo Arturo, que ni siquiera había escuchado la observación de Judit.

—En seguida. Tía, mi chal... los guantes...

—Y la capa—observó el Conde;—la olvida usted, y hará frío.

—No lo creo.

—En efecto—rectificó la tía, tocando la mano de Judit,—está abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.

—No, tía—se apresuró a contestar la joven;—nunca me he sentido mejor.

El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel día iban a pie.