Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.

Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general. Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se volvía al pasar por su lado, y exclamaba:

—¡Qué linda pareja!

—Es el joven conde Arturo de V***.

—¿Se ha casado, por ventura?

Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso placer, de que no pudo darse cuenta.

—No, por cierto—repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos lacayos de lujosa librea;—el conde Arturo no se ha casado: monseñor su tío no lo consentiría.

—¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?

—Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.

Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano: