—Ahí va Judit.
—¿La amante de Arturo?
—Está loco por ella, y en camino de arruinarse...
—No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!
—¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!
—¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?
—¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...
—Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.
—Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.
Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo, se decían: