—Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.

—¿Yo, tío?...

—El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.

Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso, fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie su proyecto, ni a su tío ni al Rey.

—Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro—se dijo,—lo elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro que correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los fieles.

Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino. El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.

Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna, sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse la monarquía de Carlos X.

El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la revolución de julio.

Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí es, señores—dijo el notario alzando la voz,—donde comienzo yo a entrar en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia; así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente doblado, el cual contenía esta firma: Judit, bailarina de la Opera. ¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino habían sido rivales, ignorándolo ambos.

—¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!—exclamó Arturo.—¡Qué nobleza, qué generosidad, qué tesoro poseía en ella! Lea usted, señor—añadió presentándome el billete.