—Siendo así...

—Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.

—Bien, me agrada tu idea.

Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera entrevista de Judit, Arturo y la tía.

Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se hizo el desentendido.

Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta calma y una resignación tan evangélica.

Pero esta calma era precursora de la tempestad.

Una mañana, díjole monseñor:

—El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.

—Creo adivinarla—repuso el joven.