El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más; confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los honores.
Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible ascendiente de su tío, pero, en su fuero interno, decidió no ser jamás obispo.
El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo estado.
El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil, porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a sus orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos razonables: se le había llegado a considerar como un agua-fiestas, y, por último, había renunciado a tales diversiones.
Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando, acaso, como Molière,
class="c">Que pecar en silencio no es pecar.
¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar? Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:
—Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.
—¡Yo!—murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.—¡Mezclarme en una intriga de ese género!
—No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca; no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé que hablar.