IV
Cuando hubo terminado el tercer acto de Los Hugonotes, el notario prosiguió en esta forma:
—Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia cierta de qué clase de sujeto se trataba.
—¿Por qué no ha empezado usted por ahí?—le dije.
—Me parece—repuso—que soy dueño de colocar la exposición donde me plazca, puesto que soy el narrador.
—Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse severo respecto a las exposiciones—agregó el profesor en Derecho,—las cuales no se entienden jamás.
—Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los libretos—añadió el notario mirándome.
Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:
—El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico. Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer la menor resistencia, a sus menores indicaciones.
De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto a él.