Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la habitación estaban constantemente cerradas.
Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso. Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre, que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia, decíame constantemente:
—¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!
Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella; y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su madre, pero se imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado, seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de Judit, todo le era indiferente.
Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo lugar un caso de difícil explicación.
Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose en extremo apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.
—¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil escudos!—repuso el Conde.
—¿Yo?
—Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido satisfechos, y nada me debe.
—Eso es imposible.