—Vea usted a mi notario y él se lo probará.

El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de su asombro.

—Es una gran suerte para usted—le dije.

—Y más todavía para el señor Conde—repuso él con aire triste y disgustado;—porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!... ¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...

—¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?

—Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis deudas...

—¿Debe usted algo más?

—Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente para continuar la liquidación, le ruego que me avise.

—Lo haré con mucho gusto.

Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado, muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto, al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.