En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas palabras: ¡Siempre solo! No se desprendía de este sello ni por un solo momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.

—¡De Judit procede esta carta!—exclamó Arturo.

Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.

—Pues bien, eso implica la seguridad de que existe aún y piensa en usted... Debe, pues, estar satisfecho.

Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?

—Esta carta—le dije,—prueba lo contrario.

—¿Y con qué derecho—repuso Arturo fuera de sí,—trata de imponerme sus beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No las quiero, devuélvalas usted.

—Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?

—Poco me importa... No las quiero.

—¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted y se han liberado sus propiedades?