—Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa hasta que puedan devolverse.

—Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su fortuna.

—No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada humillación para mí.

Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años, esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente. Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones. Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar me hablaba de ella.

Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la memoria su recuerdo.

Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío... Siempre solo... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la divisa de Judit), paseábase silencioso en medio del bullicio... en aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió, lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes entrevistas.

La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para ofrecerle sus servicios.

La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.

—El calor le habrá hecho a usted daño—le dijo el joven con una emoción que en vano trató de dominar;—y si se quitase un momento el antifaz...

La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la frente.