—¡Gracias a Dios!

—¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!

—¡Qué tarde viene usted!

—He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato... Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a Dios, no debo nada a nadie.

—Excepto a nosotros.

—Nos debe usted un desenlace.

—El de la historia de Judit...

—Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese.

Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en esta forma:

—Judit había dicho: ¡Esperar!... y durante algunos días Arturo tuvo paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...—Volveré a verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...—Pero pasaban los días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que, al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla, que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a dudar de lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que le mataba.