Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena, donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir ocupándolo. Se veía allí solo, siempre solo (su constante divisa), y esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se ausentaba luego murmurando:
—No está.
Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit, o de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día. Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y, por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis. Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y espléndida toilette excitaron vivamente la admiración de todo el público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella parte del teatro.
De todos lados salían estas palabras:
—¡Qué bella es!
—¡Qué frescura!
—¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido!
—¿Qué edad calcula usted que debe de tener?
—De veinte a veintidós años.
—¡Ca! Apenas tiene diez y ocho.