—¿La conoce usted?

—No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo abonado y no la he visto hasta hoy.

Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos, un extranjero, de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a preguntarle su nombre.

—Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.

—¡Tan hermosa y tan rica!...

—Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que, en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...

—Eso es una verdadera novela.

—No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen, hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha sucedido.

—¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.

—Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en Francia no faltará quien le haga la corte.