—¡Ya lo creo!—repuso el joven que había interrogado, arreglándose con una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady Inggerton.—¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.
—Se equivoca usted—contestó el extranjero.
—No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...
Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que nada había oído, y a quien fue preciso explicar lo que sucedía.
El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía... puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar:
—¡Es ella! ¡Es Judit!...
Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar... pues temía despertar de un sueño.
—Caballero—le dijo su vecino,—¿la conoce usted, por ventura?
Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit, levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas!
¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse, volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había desaparecido!... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!...