Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle, murmurando:

—Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me volveré loco... o me mato.

Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza. Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando:

—¿La señorita Judit?...

—Está en casa—dijo tranquilamente el portero.

Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no caer.

Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo; exactamente igual que hacía seis años.

Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos.

Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar:

—Viene usted muy tarde, amigo mío.