—»¡Ah!—exclamé;—no he pensado en casarme...

»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:

—»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.

»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó diciendo:

—»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli. Vendrá mañana; prepárate a recibirle.

»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.

»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí... obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento, donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui en su busca.

—»Amigos míos—les dije llorando;—aconséjenme, sálvenme, me quieren casar.

»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y brillar en ellos una lágrima.

»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada me contestó. Creí que no me había comprendido.