—»¡Me quieren casar!—repetí;—¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me aconsejan?
—»No consienta usted—exclamó Carlos con alegría.
—»¡Prefiera usted la muerte!—dijo Teobaldo.
»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra... Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como buscando alguna idea.
—»Si tal es la voluntad del señor Duque—dijo luego,—ni la razón, ni las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.
»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio. Carlos continuó:
—»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar; sería inútil.
—»¿Qué haría usted?
—»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e iría a refugiarme en un convento, el della Pietá, donde se encuentra la hermana menor de usted, la señora Isabel.
—»¡Tiene razón!—exclamé;—¡partamos!