—»¡Insensata!—exclamó Teobaldo deteniéndome;—¿Cree usted que la abadesa della Pietá consentiría en recibirla y retenerla contra la voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene dos derechos sobre usted. Es usted su sobrina... y la ha educado.
»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un momento:
—»Un solo medio queda, que yo le diré.
—»¿Y cuál es?
—»Lo sabrá usted pasados unos días.
»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que experimentábamos.
IV
»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados, recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme... En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin poder apenas sostenerme.
»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!
»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío, el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente: