—»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán celebrará el matrimonio.
»A lo que el Conde contestó inclinándose:
—»Como guste, monseñor.
»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré que nunca sería la esposa del conde de Pópoli.
»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo silencio.
»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una sombría desesperación.
—»No hay salvación para usted—me dijo;—no puedo hacer otra cosa que morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli, y sin nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano, bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!... el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque el señor Duque me hizo azotar.
—»¡A usted, Carlos!
—»Sí, azotado...
»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...