—»Sí, son ustedes muy desgraciados—nos dijo, procurando darnos una esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad los de la religión.
»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de un siniestro proyecto que absorbía toda su atención y le hacía olvidar a sus amigos.
»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado para la realización del funesto enlace.
»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.
—»¡Juanita!—me dijo;—es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado, porque está firmemente decidido a cometer un crimen.
—»¡El!—exclamé.
—»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere matarse!
»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.
—»¡Matarse!—exclamé;—¿y por qué?
—»¿Por qué?—repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas, frías como el mármol...—No sé cómo decírselo... y no obstante es preciso... es necesario...