—»Uno hay—contestó con emoción;—si ama usted a Carlos, si se siente capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del mundo, las desgracias, la miseria quizás.

—»Estoy pronta.

—»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero, piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...

»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que acababa de tomar.

—»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos en secreto y ante el altar.

—»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi familia? ¿Quién nos desposará?

—»¡Yo!—repuso Teobaldo.

»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé en sus brazos.

—»¿De dónde proviene esa sorpresa?—continuó:—¿no le tengo dicho hace algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?

»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos, que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y desheredarnos, pero no romper nuestra unión!