»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan galante como se lo permitían sus costumbres de cazador.

»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde, a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:

—»Esta noche a las doce.

—»¡A las doce!—repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada llena de reconocimiento y de ternura.

»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba hablarle y le esperaba en el parque.

»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido, agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.

»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita imprevista.

»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido.

—»¿Eres tú, Carlos?—pregunté.

—»No, hija mía—me contestó una voz temblorosa.