»Fernando.»

»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros bienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón lleno de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.

—»¡Carlos existe!—exclamé:—¡existe!

—»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.

—»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese silencio, ese misterio en su destino?

—»Juanita—respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:—no me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.

—»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?

—»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro del Señor... y bajo el secreto de la confesión.

—»Una sola palabra—le dije:—¿sigue amándome aún?

—»Más que nunca.