—»¿Está libre?
—»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es lo que tal vez no debería decirle—continuó con voz trémula...—Pero, comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su palabra.
»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.
—»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión—le dije,—se alejó de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?
—»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el deber.
—»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo mismo?
—»Sí, señora.
—»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora? ¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?
—»Sí—repuso con voz firme.