»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los libros que más me complacía en leer, y que una mano generosa había recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.
—»Gracias, Carlos, gracias—murmuré interiormente.
VII
»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina, la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.
—»Sería arriesgarse—me dijo,—a recibir las justas reclamaciones del embajador de España.
»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y se vio obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo con bondad:
—»Siéntese, Carlos.
»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras hablaba, entró en el patio un carruaje.
»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.
—»Señor—dijo al conde de Pópoli,—debo mi fortuna y mi posición al duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.