»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo contener su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:

—»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.

»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.

—»He jurado a Teobaldo—me dijo,—no hablar a usted de mi amor y sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted, protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted... porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.

»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa, elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo, podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra, una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que comprendía sus sufrimientos y su abnegación.

»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deber que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.

—»¿Aquel hombre—decíale,—aquel extranjero que llegó la misma tarde del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue la causa de su partida?

—»Sí—contestábame en tono sombrío:—él fue la causa de que mi felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna... ¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que adora... No, no—repitió bajando la voz:—¡que reverencia, que respeta, y que le han arrebatado para siempre!

»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.

—»Carlos—le dijo con dulzura:—hay un secreto que pesa sobre la vida de usted.