—»Sí, un secreto que me matará.
—»¿Ese secreto—proseguí,—que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo conocerlo?
»Se estremeció y me miró como espantado.
—»¡Ignora usted, pues—continué,—que le estimo tanto como Teobaldo, que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.
»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me contestó con tristeza:
—»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré dejado de existir!
»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le caracterizaba.
»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él, seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.
»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni habían oído hablar de la persona así llamada.
»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste probablemente esperaba.