»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.
»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó la cabeza con una alegría y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.
—»No puedo hablar más—decía:—si le conociese usted como yo; si supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando, tal vez, a una persona.
»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.
—»¿Usted aquí?—exclamó:—¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha dado permiso para presentarse delante de mí?
—»Sólo he querido verte un instante, Carlos—contestó el anciano temblando.—¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...
—»¿Qué desea usted?—continuó Carlos procurando disimular su enojo en mi presencia.—Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere quince, quiere más todavía?
—»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.
—»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y de que no le volveré a ver.
—»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.