—»¡Sea!—repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.—¡Pero parta... aléjese!
—»Te obedezco, Carlos—dijo el anciano llorando.—¡No eres cruel y malo sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti.
»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno de ira.
—»¡Ah! ¡Dios mío!—le dije acercándome a él:—¿quién es ese anciano?
—»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?—me dijo en tono brusco.
—»¡Ah! No, se lo aseguro.
—»¡Es mi padre!
—»¿Su padre?—exclamé:—¡Mi antiguo maestro de música!... El buen Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy dichosa en abrazarle!...
»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque, y reconociéndole en aquel instante, exclamé:
—»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por usted en la tarde del funesto día en que nos separamos?