—»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo, donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual, descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que debía efectuarse nuestro matrimonio.
—»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata con tanta dureza a su padre?
»Carlos no me contestó.
—»¿Por qué rehúsa verle?
—»¿Por qué?—me dijo con aire sombrío y temblando convulsivamente:—porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello; pero quiero evitar una desgracia.
»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso.
»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de esperar. Carlos iba frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido:
—»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra? ¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?
»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo lanzó un grito de sorpresa:
—»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la Iglesia!