»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo:
—»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?
—»Pero, no por mi talento ni por mis méritos—repuso fríamente Teobaldo,—sino por la protección de algunos amigos.
—»¡Han cumplido su promesa!—exclamé vivamente.
—»No por completo...—dijo en tono de reconvención y dirigiendo una severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.
»Luego, aproximándose a él, le dijo:
—»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable.
—»Más tarde, monseñor—le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba Teobaldo.—Tenemos tiempo.
—»No—repuso Teobaldo con dureza.—Vengo a buscarte, a llevarte; necesitamos partir hoy mismo.
—»¿Y por qué razón?