—»Por una muy importante, que ya te explicaré.

—»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda—dijo el conde de Pópoli.—Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa.

»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en seguida partió el Conde, y yo quedé sola.

»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su suerte y por consecuencia la mía.

»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante, sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que decían.

VIII

»Me puse a escuchar—repitió la Condesa;—pero sus palabras no llegaban hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la conversación.

—»Sí—decía Teobaldo:—por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya, me habías jurado que no volverías a verla.

—»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!

—»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos, debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los ojos de todos.