—»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran y que mis labios callan.
—»Así, pues—exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la cólera,—es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el reconocimiento y el deber.
—»¡El deber!
—»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.
—»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!
—»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a buscarte y tendrás que seguirme.
—»No puedo abandonar a Juanita.
—»Me seguirás, te digo.
—»Pero al menos, ahora no.
—»Hoy mismo, en seguida.