—»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?—replicó Teobaldo con voz solemne.—¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?
—»En vano espera usted engañarme—dijo el moribundo.
—»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho de muerte y delante de Dios que me escucha.
—»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos magistrados... Sí, hablaré.
«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de éstos y llegaban hasta la escalera.
—»¡Ah!—dije a Teobaldo:—¡Estoy perdida!
—»¡No, mientras yo viva!
»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.
—»¡Escúcheme—dijo a mi esposo;—escúcheme en nombre de la salvación de su alma!
»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que no pudimos entender.