»Durante este tiempo el magistrado se acercó lentamente, aunque guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a los que le rodeaban, dijo:
—«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y usted, padre mío, bendígame!»
—»¡Que Dios le reciba en su seno!—dijo el prelado al moribundo.
»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.
»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:
—»¡Perdóname!...
»Y el cielo abriose para él.
»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.
»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos sido testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después de la muerte del conde de Pópoli.
—»Usted no me necesita—díjome.—La dejo rodeada de la estimación pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que usted... ¡porque él es culpable!