»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de la carta:

«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor más fiel, ni consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por el tierno amor que le profeso, por el interés que me tomo en su dicha y en el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros que nosotros desafiamos. ¿Qué importa su nacimiento? ¿Qué importa su estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.

»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.»

—»Hoy es ese día—exclamó Carlos con acento apasionado,—¡y no estoy en Aranjuez!... Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de una amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.

—»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted?

—»Mientras viva—me contestó con aire sombrío;—mientras usted no me diga: «márchese»... porque, ¡mi soberana es usted!

—»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito, inconcebible?...

—»Le he rogado—contestó, entristecido,—y me ha prometido usted no hablar a nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que he prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y único secreto que tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino demasiado tarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?... y espero que así habrá sucedido.

»Tomó la pluma y escribió:

«Señora: