»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un secreto que apenas pueden adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar a ministro? Los ultrajes que recibiría no se detendrían en mí, y puede ser que se elevaran más alto. Por el interés y respeto que le profeso, señora, lo mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino, le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a él otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me haré digno de él; porque rehusándolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitaré otra gracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es lo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente desde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder gracia a la condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afección insensata, probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así como mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.»

»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por un correo.

—»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?—me dijo.

—»No tengo más que remordimientos—le contesté, tendiéndole la mano;—y confío en que desaparecerán, pasados algunos días.

»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé en reconocer los sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por su amor hacia mí.

»Fiel a un plan que me había propuesto, me decidí a escribirle secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y comprendí que debía todos esos títulos a la amistad y protección de Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quería de él, le rogaba que fuese lo más pronto posible, porque tenía que pedirle un servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto, transcurridos pocos días, el coche de Su Eminencia entraba en el patio del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida.

»Al cabo de siete años de ausencia, nos volvíamos a encontrar reunidos en el castillo donde habíamos pasado nuestra juventud; en aquellos parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de nuestro juramento y de nuestros sueños: juramento que habíamos sostenido, sueños que se habían realizado de un modo que tenía algo de milagroso.

»Cuando los tres entramos en el salón del duque de Arcos, en aquel salón gótico que tantos recuerdos tenía para nosotros, la misma idea sin duda se apoderó de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y cruzamos nuestras miradas... ¡Qué cambio, Dios mío! En otra ocasión, en aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir, la alegría y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazón, ricos y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus huellas.

»El mal que me consumía empañaba el color de mi rostro; la frente de Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos, sin que por mi parte pudiera explicarme la causa, aparecía el más triste de todos. Con lágrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando:

—»Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones.