—»Amigos míos—les dije, luego que tomaron asiento;—recordarán que hace siete años, en igual época, éramos muy desgraciados; era el día que Carlos se separó de nosotros.
—»Sí, sí—exclamó Carlos;—día espantoso, día horrible.
—»Del que la suerte nos debe indemnizar—proseguí diciendo;—porque hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy injusta para ti. No tengo más que un medio de reparar mis sospechas y de tranquilizarme: dentro de ocho días termina el plazo de mi luto, y pasado este tiempo, deseo que aquí mismo Teobaldo bendiga nuestro enlace.
»Carlos, fuera de sí, se lanzó a mí para darme las gracias, cuando encontró la mirada imperiosa de Teobaldo.
—»No bendeciré nunca ese matrimonio—dijo en tono colérico.
—»¿Y por qué?—exclamé estupefacta.
—»¡Insensatos! No saben ustedes que esa unión, en otro tiempo permitida, es hoy imposible; que la dama más noble de Nápoles, la sobrina del duque de Arcos, la condesa de Pópoli, no puede contraer matrimonio...
—»¿Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?—exclamé sonriendo.
—»No—replicó Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la vista fija en tierra, parecía aterrado.—No, ella no puede casarse ante los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido.
»Carlos lanzó un grito de sorpresa y de indignación.