—»Sí—continuó Teobaldo con energía;—esa mano, que ha herido al conde de Pópoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergüenza, sin que caiga sobre ella la infamia... Sería proclamar en alta voz su adulterio y la deshonra... Y si tú la amas, Carlos, la debes querer respetada y no infamada.

—»Pero el conde de Pópoli—repliqué,—declaró, al morir, que había sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no había sido empañado.

—»Sí, accediendo a mis súplicas—contestó Teobaldo,—hizo esta declaración para que usted se conservase casta y pura en la estimación pública; y yo separé de su frente el escándalo y el oprobio... ¿sabe usted con qué condición? ¿Sabe si prometí, en su nombre, que la mano de usted jamás se uniría a la de su cómplice?

—»¿Exigió usted eso?—pregunté, con voz temblorosa.

—»No puedo, como ministro del Señor, revelar las palabras de un moribundo, ni el secreto de la confesión; ¡pero le aseguro, y esta palabra debe bastarle, que creería ofender al Cielo si bendijese el matrimonio de ustedes!

»Teobaldo salió, dejándonos consternados.

—»Sí—díjeme interiormente;—no niego que semejante matrimonio puede perderme para siempre en el mundo; ¡pero no puedo explicarme cómo encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza!

»La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la religión tiene de inflexible y severo; debía habernos aconsejado al menos, ¡y partió... sin consolarnos! ¡Veía que éramos desgraciados, y por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lágrimas a las nuestras!

»Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, había redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultábame su dolor, por no aumentar el mío, y nunca me había mostrado tanta pasión ni tan profunda ternura. ¡Demasiado generoso para quejarse y acusarme; demasiado pundonoroso para desear mi posesión a costa de mi honor y del deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resistía en vano!

»En ocasiones, pronto a ceder, huía de mí; o bien enajenado de amor, caía a mis pies exclamando: Yo seré tu esclavo; pasaré mi vida adorándote; ¡hermana mía, amiga mía... no quiero de ti más que tu alma, tu amor!... ¡No exijo nada del destino; soy el más dichoso de los hombres!... ¡La dicha fuera de aquí no equivale a la desgracia a tu lado!...